Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Renunció públicamente, en dicho proceso a Lancaster Gate y a todo lo que ahí se guardaba; renunció también —comprobó emocionada Milly— a la tía Maud y a todos sus faustos y glorias, y, sobre todo, renunció a sí misma, y eso fue, como es lógico, lo que más contribuyó a prestarle ese candor. No volvió a hablarle a su amiga al estilo de la tía Maud ni a decirle que juntas podrían alcanzar el cielo, sino que su brillante y perversa elección fue exponerle la necesidad, en primer lugar, de no ser ni vulgares ni estúpidas. Nuestra joven norteamericana podría haberlo interpretado como una lección sobre el arte de ver las cosas como son… una lección tan variada y bien fundamentada que la alumna no pudo, como hemos visto, más que quedarse boquiabierta. Lo raro era, además, que podía ser eficaz al tiempo que negaba explícitamente cualquier motivación personal. No era que le desagradara la tía Maud, como se había limitado a afirmar en otras ocasiones, sino que la pobre mujer marcada de forma indeleble y espantosa por la inescrutable naturaleza, no podía —¿cómo iba a poder?— ser lo que no era. No era nadie. No era nada. No estaba en ningún sitio. Milly no debía creer lo contrario, era su amiga y no podía permitirlo. Esas horas en Matcham habían sido inesperées[29] puro maná del cielo; o, si no eso, gracias al apoyo del viejo charlatán de lord Mark, un terreno inseguro para los cálculos y las esperanzas. No tenía nada que reprocharle a lord Mark, pero no era el hombre más inteligente de Inglaterra, e, incluso si lo fuese, seguiría sin ser el más generoso. Medía lo que daba hasta el último gramo, y en realidad ambos estaban siempre esperando a ver qué ofrecía el otro.


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