Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Ella te ha ofrecido a ti —dijo Milly sin dejar el asunto— y creo que te refieres a que, mientras estés sobre el mostrador, no te soltará.
—¿A no ser —prosiguió Kate— que él me atrapase y echara a correr? ¡No está dispuesto a correr, asà que mucho menos a atraparme! Estoy —en eso tienes razón— sobre el mostrador, cuando no en el escaparate; y me expone comercialmente según su conveniencia: es la esencia de mi situación, y el precio de la protección de mi tÃa.
HabÃa empezado a hablar de lord Mark en cuanto estuvieron a solas; la impresión de Milly era que habÃa recurrido a su nombre y lo habÃa impuesto como tema de conversación, en oposición directa a aquel otro que la señora Lowder habÃa dejado en el aire y que su propia apariencia, como hemos visto, revelaba ante su amiga. El efecto extraño e inmediato fue que, por asà decirlo, Kate habÃa sabido que necesitaba una coartada y que la habÃa encontrado enseguida. La habÃa elaborado hasta el final y habÃa recorrido con ella el camino que le habÃa trazado a Milly la tÃa Maud, hasta que, por decirlo de algún modo, habÃa empezado a parecer gastada.
—Lo malo es que ella lo quiere, ¡Dios le perdone!, para mà y, desde tu llegada, todo se ha ido al traste porque él prefiere a otra, y esa otra eres tú.
Milly consiguió romper lo bastante el hechizo para mover la cabeza.