Las alas de la paloma

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—Pues yo no me he dado cuenta. Y, si me tiene por una alternativa, más vale que se desengañe cuanto antes.

—¿De verdad, de verdad? ¿Siempre, siempre?

Milly intentó responder con el mismo desenfado.

—¿Quieres que te lo jure?

Kate pareció meditarlo, aunque sin duda también en broma.

—¿No hemos jurado ya suficiente?

—Tú tal vez, pero yo no, y debería corresponderte. Así que ahí va: de verdad, de verdad y siempre siempre, como tú dices. Ya ves que no soy un obstáculo.

—Gracias —dijo Kate—, pero no me sirve de nada.

—¡Oh!, lo digo sólo para simplificarle las cosas a él.

—La verdadera dificultad es que se trata de una persona de ideas muy variadas y resulta especialmente arduo irle con simplificaciones. Es, claro, justo lo que ha intentado hacer la tía Maud. Pero no acaba —prosiguió sin inmutarse Kate— de decidirse con respecto a mí.

—Bueno —sonrió Milly—, tú dale tiempo.

Su amiga le dio la réplica a la perfección.

—Es lo que hago, no hago otra cosa. Pero continúo siendo sólo una de sus muchas ideas.


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