Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Si acabas siendo la elegida, no veo que eso tenga nada de malo —replicó Milly—. ¿Qué es un hombre, y más si es ambicioso —prosiguió—, si no tiene muchas ideas?
—Sin duda. Cuantas más, mejor. —Kate la miró majestuosa—. No tengo más remedio que esperar que me elija y no hacer nada para impedirlo.
Todo lo cual corroboró la impresión, imaginaria o no, de la coartada. Milly pensó que el espÃritu osado e irónico que ocultaba, tan interesante en sà mismo, era su verdadero esplendor y grandeza. No menos interesante era el detalle, que no pasó por alto nuestra joven, de que Kate se ciñese sólo a las dificultades que le planteaba lord Mark, sin aludir a las que podÃan deberse a sus propias preferencias; y dicha circunstancia desempeñó, una vez más, su propio papel. HacÃa lo que le venÃa en gana con respecto a otra persona, pero sin sentirse mÃnimamente obligada con la primera, y que insinuase que lord Mark era viejo y poco sincero no era más que un indicio de inseguridad en evidente consonancia con su implacable, pero no por eso menos digna, extravagancia. No querÃa dejar demasiado claro que estaba dispuesta a que mercadeasen con ella, pero eso no significaba que no deseara suficientemente que lo hiciesen. HabÃa además algo que Milly encontró la ocasión de decir: