Las alas de la paloma
Las alas de la paloma La señora Lowder le había dicho a Milly en Matcham que ella y su sobrina unidas podrían conquistar el mundo; pero, aunque ya entonces sus palabras habían tenido un vago y majestuoso encanto, la joven comprendió ahora mejor que nunca su significado. Kate podría conseguir por sí misma lo que quisiera, y ella, Milly Theale, probablemente sólo tuviese que preocuparse de la pequeña parte del mundo que más le afectaba y de la que tenía que preocuparse antes de nada. En ese sentido también ella podía hacer su propia conquista: tendría algo que ofrecer y Kate algo que tomar, por lo que ambas encajarían a su manera en el ideal de la tía Maud. A eso se reducía, en suma, todo: a que aquella velada a la luz de las velas era una especie de ensayo improvisado de una tragedia mayor. Milly sabía que disponían de ella, con generosidad y una dedicación absoluta, y se dejó llevar por la idea, convencida de que así recobraría fuerzas. Lo que Kate tenía que tomar lo tomaba agradecida, como si aceptara con cada una de sus lentas idas y venidas la relación establecida entre las dos y consagrara la rendición de su amiga sólo por el interés que ponía en esta relación. Como es lógico, nos referimos al interés que ponía Milly; pues el interés que ponía Kate probablemente le pareciera inferior a Milly. Emanaba en gran parte de su conversación, de lo deprisa que pasaron las horas antes de que se quebrase el hechizo y, bien pensado, de la circunstancia, no precisamente anormal, de que Kate estuviese en una «forma» extraordinaria. Milly recordó haberla oído decir que siempre daba lo mejor de sí a última hora de la noche; recordó que había pensado cuándo daba ella lo mejor de sí y lo feliz que debía de ser la gente que brillaba a horas fijas. No era su caso; nunca daba lo mejor de sí, a no ser que fuese, como en ese momento, escuchando, observando, admirando, derrumbándose. Por otro lado, si Kate nunca había estado tan bien, de manera un tanto implacable, la belleza y la maravilla de todo radicaba en que nunca había sido tan franca: era una persona de tal calibre, como habría dicho Milly, que incluso cuando te «utilizaba» y, por así decirlo, medía sus pasos, podía dejarse llevar y confiarte con ironía y cierta extravagancia cosas que no había contado nunca. Ésa fue su impresión: que le estaba contando cosas y muy probablemente para su propio consuelo; casi como si los errores de juicio, los fallos de proporción y la inocencia residual del espíritu que debía corregir en su interlocutora fuesen de vez en cuando demasiado para sus nervios. Trató estas causas de irritación con una energía divertida que Milly habría podido considerar cínica y que en todo caso estaba justificada —su amiga lo dejó claro— por la manera en que el espíritu de los norteamericanos se estrellaba contra ciertas cuestiones. O al menos daba la impresión —el espíritu de los norteamericanos, encarnado en Milly, escuchaba entre emocionado y perplejo— de no entender la sociedad inglesa sin enfrentarse por separado a cada uno de sus elementos. No podía proseguir por… —quiso utilizar un tecnicismo y Milly le sugirió «analogía», «inducción» o «instinto», pero ninguno le pareció apropiado—, tenía que mostrarle y presentarle todas las facetas del monstruo, dejar que anduviera a su lado, ya fuese por el éxtasis consecuentemente exagerado o por la sorpresa si cabe aún más (como le pareció a este crítico) desproporcionada. El monstruo, concedió Kate, podía parecer amenazante a los nacidos entre formas menos desarrolladas y por tanto, sin duda, menos divertidas; podía tener facetas extrañas y temibles, estar concebido para devorar a los incautos, para humillar a los orgullosos y escandalizar a los buenos, pero no podías quedarte sentada: y tenías que aprender a convivir con él, y eso era, en suma, lo que la joven le estaba enseñando esa noche.