Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Volvía a hallarse en suelo inglés con todo tipo de sentimientos, pero no estaba preparado para que uno de los más intensos fuese el pesar que le causaría esa dificultad. Después fue consciente de que su impaciencia le había hecho eludir ciertas cuestiones; y lo desanimó que, por falta de previsión y de aplomo no tuviera dónde llevar a la joven de la que estaba enamorado. Así que la había llevado a la estación de Euston y —por sugerencia de la propia Kate— al sitio donde la gente tomaba cerveza y bollos y había pedido que les sirvieran un té en una mesita del rincón; lo cual sin duda, ya que estaban perdidos entre la multitud, no estaba mal como medida momentánea. Tal vez tanto como llevarla en coche hasta la puerta de su propia casa, el único recurso que se le ocurrió. Aunque dicho recurso se frustró, cuando previó que una vez allí, no acabarían de decidirse. Ella tendría que parar, no entraría con él, no podría, y él no debería poder pedírselo, pues le resultaría imposible sin revelar una deficiencia en lo que podría llamarse, incluso en esa fase tan avanzada, el respeto que sentía por ella: una vez más, eso fue lo único que quedó claro, aparte de que resultaba desquiciante. Comprimida y concentrada, reducida a una o dos punzadas agudas, pero aun así aguardándole en el andén de la estación de Euston alzando la cabeza como una serpiente en el jardín, estaba la desconcertante sensación de que en cierto modo el respeto en aquel juego parecía —no sabía cómo llamarlo— una quinta rueda para un carruaje. Tendría que ser algo interior, no exterior, algo para aumentar el amor, no para disminuir la felicidad. Habían vuelto a verse para ser felices, y tuvo la clara sensación, en uno o dos de sus momentos más lúcidos, de que debía tener cuidado con todo lo que pudiese amenazar esa bendición. Si Kate hubiese aceptado ir con él y apearse en su casa habrían ocurrido muchas cosas al pie de las escaleras, uno de esos extraños momentos entre un hombre y una mujer que avivan la chispa del conflicto siempre latente en las profundidades de la pasión. Ella habría negado con la cabeza —con una gracia triste y sublime— al ir a entrar; y, aunque él habría aceptado su negativa, habría notado que sus ojos se hundían en los de ella más de lo que podría hacerlo ninguna palabra en una situación así. Eso habría equivalido a la sospecha, al temor a la sombra de una voluntad adversa. Así que fue una suerte que esos escasos minutos fuesen por otros derroteros y que en la media hora que, a pesar de todo, se las arregló para pasar con él, Kate demostrase a la perfección que sabía manejar cosas tan desquiciantes. Pareció pedirle e implorarle que, por su propio bien, permitiese que, a partir de entonces, lo hiciera a su manera.


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