Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Lo había hecho ya al proponer enseguida, para verse cuanto antes, uno de los grandes museos; y con tanta maña además que él no comprendió del todo hasta que se despidieron la situación en que lo había puesto. Su separación de tantas semanas había causado tal efecto en él que sus exigencias, sus deseos, habían aumentado; y ya la noche antes, mientras el vapor navegaba bajo las estrellas del verano a la vista de la costa irlandesa, había notado toda la fuerza de su necesidad particular. En otras palabras, no había dudado ni un minuto que el motivo de su viaje fuese decirle que tenían que poner fin a su error. Su error era haber creído que podrían resistir, no a la tía Maud, sino una impaciencia que, prolongada y exasperada, haría enfermar a cualquiera. Supo más que nunca, al despedirse en el vestíbulo de la estación, lo enfermo que podía sentirse un hombre, e incluso una mujer, por esa razón; aunque también creyó saber que ya había dejado que Kate empezara a aplicar antídotos, medicinas y sedantes suaves. Sonaba vulgar, como en general, en el amor, los nombres de las cosas: los términos de las relaciones, comparados con el amor en sí mismo, suenan horriblemente vulgares; pero le pareció que, al fin y al cabo, tal vez hubiera vuelto para verse rechazado aunque, claro, aún tardaría un par de días en comprobarlo. Sus cartas desde Estados Unidos habían gustado, aunque no tanto como él habría querido, y esperaba cobrar lo convenido y disponer de dinero. En realidad no era demasiado, no regresaba ni mucho menos libreta de cheques en mano, así que no podía alegar ese nuevo motivo para hacer entrar en razón a su amante. La certeza ideal habría sido poder ofrecerle un cambio de perspectivas como garantía para el cambio de filosofía, y sin él tendría que contentarse con el pretexto del tiempo transcurrido. El tiempo transcurrido —no tantas semanas después de todo, podría por supuesto decir ella— tenía por fuerza que haber hecho algo por él; y esa consideración era lo que le había mantenido a flote, tanto más porque veía lo que el tiempo transcurrido había hecho personalmente por Kate. Lo había visto con tanta claridad que casi le había asustado, incluso en aquel rinconcito del bar de la estación de Euston, y casi le había asustado porque parecía proclamar que seguir esperando era un juego de tontos. Kate no había vuelto a ser como al principio; y él no había vuelto a sentirse tan seguro y convencido. Estaba ante sus ojos, pulsando su orgullo de posesión igual que un ejecutante oculto en una iglesia oscura y gigantesca podría tocar el órgano. Su sensación final fue que una mujer así no podía pedirle lo imposible.


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