Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Volvió a verla a la mañana siguiente; y de momento pudieron flotar en la pura dicha de estar juntos, juntos en la medida en que su presencia en un museo de pintura lo permitía. Esa intimidad improvisada resultó ser en realidad, a juzgar por decenas de síntomas de inquietud incluso por parte de Kate, insuficiente; pues un sitio tan interesante no pudo despertar en ellos ni siquiera un mínimo de interés. Habían quedado allí para no verse por la calle y para no volver a ir, con idéntica falta de estilo e inventiva, a una estación de ferrocarril; ni tampoco a Kensington Gardens, que, ambos coincidieron tácitamente enseguida, tendría el regusto de sus antiguas frustraciones. El regusto presente, el de esa mañana en el museo de pintura, había sido distinto; sin embargo Densher, al cabo de un cuarto de hora, había sabido a la perfección a qué atenerse. Eso le consoló de tanto fastidio, igual que si hubiese visto cómo le afectaba a ella el cambio. Podía ser tan noble y generosa como quisiera y él no había conocido en Estados Unidos a nadie que pudiera compararse con Kate, pero Kate no podía fingir, en tales condiciones, creer que él se contentaría con eso. Ni que él lo creería suficiente para que se contentara ella. No lo era, fue como si ella misma se lo diese a entender. Esto es lo que a él le habría gustado poder demostrarle. Si hubiese podido expresarlo con crudeza le habría dicho allí mismo: «Oye, ¿debo entender que crees que podemos seguir así?». Claro que ella habría podido contestar que volver a estar con él, atesorarlo, en silencio, aferrarse a él, igual que en la época que habían pasado separados, era algo sobre lo que no debían discutir; pero sería sólo un simple gesto elegante, un sencillo alarde de sutileza. Sabía tan bien como él lo que querían; a pesar de lo cual él no habría sabido decir si podría no haberlo sacado a colación de no haber enturbiado ella su acuerdo en un momento determinado. Poco después se habían sentado a hablar en tono íntimo y superficial. Eran muchas las cosas urgentes que tenían que decirse, pues no las habían agotado todas en la estación de Euston. Se extendieron sobre ellas cuanto quisieron y Kate pareció dejar de temer —lo cual la favorecía mucho— posibles sorpresas. Después él intentaría, en vano, recordar cuáles de sus propias palabras y silencios, cuál de sus miradas, o qué roce accidental de la mano había precipitado, en mitad de todo aquello, un impulso súbito y diferente en Kate. Se había levantado, sin razón aparente, como para quebrar el hechizo, aunque en ese momento Densher no supo qué había hecho él para que el hechizo resultara peligroso. Kate lo solventó con bastante desenvoltura un minuto después con una extraña observación a propósito de un cuadro a la que él ni siquiera respondió; y con independencia de eso se quejó de lo horriblemente agobiantes que eran esas salas. Añadió que sería mejor salir a respirar, y fue como si su conciencia común, mientras pasaban a otra sala, fuera como la de esas personas que llevan juntas mucho tiempo e intentan aparentar naturalidad después de un sobresalto. Probablemente mientras estaban así ocupados —reconsideró luego el joven— fue cuando se toparon con su pequeña amiga neoyorquina. Por alguna razón Densher pensaba que era pequeña, aunque era más o menos de la misma talla que Kate, a quien, excepto en algún momento de cariño con su amada, nunca había aplicado el diminutivo.


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