Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Lo que recordaría con mayor claridad al hacer memoria sería el proceso por el que había reparado en que Kate conocía a Milly Theale mejor de lo que había supuesto. Le había escrito en su momento para contarle que tenía una nueva amiga muy divertida, y él había respondido que la había conocido allí y que le había parecido muy simpática; a lo cual ella había contestado que tendría que averiguar algo más cuando volviese a Inglaterra. Kate, no obstante, no había vuelto a hablar de la joven y él había estado demasiado ocupado con otras cosas. La historia personal de la pequeña Milly Theale no era de interés para su periódico; y además estaba viendo muchas señoritas Theale. Incluso llegaron a convertirse en uno de los fenómenos sociales que encajaban en el proyecto de sus cartas públicas. Para este grupo en especial —las jóvenes irresistibles, supereminentes— tal vez se reservara lo mejor de su pluma. Así fue como pudo volver a tener en Londres, una hora o dos después de su almuerzo con las dos norteamericanas, una impresión para la que Kate no lo había preparado del todo. Posiblemente reparase también en su renovada idea de que eran justo preparativos, de varios tipos, lo que, tanto ese día como el anterior, se traía entre manos Kate. De hecho, si se paraba a pensarlo, despertaba sus aprensiones al punto de obligarle a quitárselas de la cabeza. Descartó la sospecha hasta cierto punto, al despedirse primero de sus anfitrionas y luego de Kate, con un paseo largo y sin rumbo. Después tenía que ir a la oficina, pero disponía de dos o tres horas y aprovechó el pretexto de que había comido más de la cuenta. Después de que Kate le pidiera que le llamase un cabriolé —algo que él se sorprendió reprobando, como política anunciada y repetida por parte de ella— se quedó un rato en una esquina y contempló vagamente su ciudad. Sin duda, siempre hay un momento para el ausente que regresa, el momento en que vuelve a sentir la primera emoción, tras el que no le queda la menor duda de que ha vuelto. El paréntesis estaba cerrado, y una vez más Densher era sólo una frase, por así decirlo, en el texto general, el texto que, desde la esquina donde se había parado momentáneamente, parecía una enorme página gris impresa que conseguía ser densa sin ser hermosa. El gris, no obstante, era más o menos el contorno borroso de un punto de vista no del todo recuperado; y habría más colores. Había vuelto, lisa y llanamente, pero había vuelto a determinadas posibilidades y perspectivas y el terreno que abarcaba de manera más bien miope era el acto de una posesión renovada.