Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Anduvo hacia el norte sin rumbo fijo, más o menos en la misma dirección, sin sospecharlo, que su pequeña amiga neoyorquina había seguido, uno o dos días antes, en su inquieto paseo. Llegó, como Milly, a Regent’s Park; y aunque llegó más deprisa y anduvo a paso más vivo, se sentó por fin, como Milly, a meditar. Ante él también en esa situación, podemos añadir —y es posible que ocupase el mismo banco—, desplegaban sus alas varias preocupantes fantasías. Aún no había dicho lo que quería más allá de hasta donde Kate le había dado ocasión. Tendría ocasión en los próximos días. En la práctica no la había apremiado con lo que más les afectaba; esas primeras horas sólo había parecido que les afectara estar, espiritualmente hablando, juntos. Eso en cualquier caso era palpable, que eran más y no menos las cosas que había entre los dos. La explicación sobre las dos damas sería parte del lote, pero podía esperar junto con todo lo demás. Sin duda lo que más le había empujado a andar no había sido la falta de aclaraciones. Sino lo que ella había dicho tantas veces antes, y siempre con el efecto de una súbita ruptura: «Y ahora ten la bondad de buscarme un buen cabriolé». Sus encuentros previos, las ocasiones en que habían llegado paseando al extremo sur del parque, también se habían interrumpido con peculiar irrelevancia. Era de hecho lo que más los separaba, pues él habría podido, de no haber sido por las razones que esgrimía Kate, haber subido al coche con ella. ¿Qué pensaba que quería hacer?, le había preguntado a menudo. No obstante, era sin duda una cuestión trivial, ya que, puestos a eso, no dependían de un cabriolé —bueno o malo— para sentirse unidos: le importaba menos por la pérdida particular que por ser una especie de irritante prueba de sus mañas. Esas mañas, en forma de prudencia, habían sido notables desde el principio, cuando se trataba de verse con él; y su único reproche era que lo hubiesen sido aún más, también desde el principio, cuando se trataba de despedirse. Esa tarde volvió a plantearle la pregunta, cuando se repitió la petición: le preguntó qué pensaba que quería hacer. Recordó, en su banco de Regent’s Park, la libertad fantasiosa, divertida y encantadora con que había respondido; recordó el momento, mientras aguardaban al acostumbrado cabriolé, en que, decepcionado como estaba, no pudo sino sonreírse ante la superioridad del humor de Kate, con su alegría y elegancia, respecto al famoso y solemne humor norteamericano. En cualquier caso habían acordado ya su nueva cita, y él tendría ocasión de apreciar que el sitio que ella había elegido —una sorpresa además de un alivio— simplificaría mucho las cosas. Sería una ayuda o un obstáculo, pero al menos no tendrían que verse por la calle. Y cuando Kate anunció ese privilegio él le preguntó, como es lógico, si la señora Lowder estaba enterada de su regreso.


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