Las alas de la paloma

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III

En realidad, no obstante, Densher iba a oírla hablar más de aquello que decía ver; y la siguiente ocasión le reservaba además otras sorpresas. A la mañana siguiente de su visita a Kate, recibió de la señora Lowder la expresión telegráfica de la esperanza de que pudiera estar libre para cenar con ellas esa noche; y estarlo le pareció una suerte, aunque mitigada en cierto modo por la propia misiva. «¡Vendrán unas amigas norteamericanas a las que me ha alegrado saber que usted conoce!». Conocer a las amigas norteamericanas era claramente un accidente cuyos frutos iba a saborear en toda su amargura. No obstante, su aprensión, añadamos cuanto antes, se redujo piadosamente, llegado el caso; y el caso fue que, cinco minutos después de su llegada a Lancaster Gate, prescrita para las ocho y media, la señora Stringham se presentó sola. La prolongada luz del día, las lámparas todavía sin encender, la costumbre… todo invitaba a cenar tarde y a que los comensales llegasen aún más tarde; así que, puntual como era, Densher encontró sola a la señora Lowder, ya que Kate no había bajado aún. Pasó con ella unos momentos desconcertantes; desconcertantes, sobre todo, por su tácita invitación a que se comportara con una sencillez sobrenatural. Dios sabe que eso era exactamente lo que él deseaba; pero nunca nadie había dado por descontado con tanta generosidad —con una sencillez verdaderamente sobrenatural— que hacerlo estuviese tan fácilmente a su alcance. Era un detalle en el que la tía Maud pareció ofrecerse como ejemplo, como si dijese con mucha amabilidad: «¿No ve que lo que quiero es que sea usted exactamente igual que yo?». La cantidad de sencillez requerida fue lo que le hizo titubear, aunque en general le gustaban las cantidades que manejaba la señora Lowder. Le habría gustado preguntarle si creía factible que un joven pobre se pareciese a ella en algo; pero pronto se dio cuenta de que ya estaba haciendo lo que quería al permitir que su asombro le hiciese parecer un poco tonto. Además fue consciente de un extraño y leve temor del posible efecto de la conversación; extraño, sin duda, porque lo que más temía no era su aspereza sino su amabilidad. Su aspereza podría haberle enfadado, lo cual siempre era un consuelo; su amabilidad, dada la situación, tendía a avergonzarlo, cosa que la tía Maud, apreciándole como le apreciaba, parecía haber adivinado. Para evitarlo, por tanto, también evitó discutir; lo dominó negándose a discutir. Eso fue lo que le propuso en esa ocasión, y la secreta incomodidad del joven procedía de la sensación de que en general era lo que más le convenía. Que lo dominase era desagradable, pero en realidad lo que más temía era que lo avergonzase, lo cual era muy distinto; y no le importaba que eso también lo avergonzara.


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