Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —No está muy bien. De salud, digo. FÃjate esta noche. Por lo visto es grave. Por ti habrÃa venido, de haber podido.
Él se lo tomó con toda la paciencia de la que pudo hacer acopio.
—¿Se puede saber qué le pasa?
Pero Kate continuó sin decÃrselo.
—A no ser que tu presencia aquà haya sido un obstáculo.
—¿Se puede saber qué le pasa? —volvió a preguntar Densher.
—Lo que acabo de decirte: que le gustas mucho.
—Entonces ¿por qué se ha privado del placer de verme?
Kate miró a su alrededor: necesitarÃa mucho tiempo para explicárselo.
—Tal vez sea cierto que no se encuentra bien. Es muy posible.
—Más que posible, dirÃa yo, a juzgar por la visible angustia y preocupación de la señora Stringham.
—Desde luego. Aunque puede que no sea sólo eso —dijo Kate.
—Entonces ¿qué?
Pero, después de pensárselo, también pasó por alto esa pregunta.