Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Vuelva a ver a nuestra pequeña amiga. La encontrará muy interesante.
—Si se refiere a la señorita Theale —respondió—, desde luego no la olvidaré. Pero debe usted recordar que, en lo que atañe a su «interés», yo la descubrÃ, yo… como se ha dicho en la cena, la inventé.
—Bueno, cualquiera dirÃa que haya sacado usted la patente. Yo sólo digo que, con la presión de otras cosas, no la descuide demasiado.
Afectado, sorprendido por la coincidencia de su petición con la de Kate, se preguntó a toda prisa si no podrÃa serle de ayuda con ella. En todo caso, podÃa intentarlo.
—Todos cuidan de mis modales. Es justo, no sé si lo sabe, lo que me ha estado diciendo la señorita Croy. Vela por mÃ… Tiene mucho que decir sobre este asunto.
Le alegró poder darle a su anfitriona una versión de su charla con Kate, que, al tiempo que veraz, pudiera ser tranquilizadora para ella. Pero la tÃa Maud, asombrosamente y sin dejar de mirarlo a la cara, se lo tomó como si su confianza se apoyara en otros puntales. Si notó sus intenciones no manifestó ni duda ni aceptación; tan sólo dijo imperturbable:
—SÃ, hará cualquier cosa por su amiga; no predica sino lo que hace.