Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Densher se preguntó si la tÃa Maud sabÃa hasta dónde llegaba la devoción de Kate. Además estaba un tanto confundido por esa peculiar armonÃa; en vista de la cual se preguntó si la señora Lowder habrÃa pensado en la joven norteamericana como una distracción para él, y si el dominio de Kate del asunto no serÃa por tanto más que pura apariencia destinada a su tÃa. Lo que pudiera ser de la joven norteamericana era por tanto una cuestión que, en último extremo, no perderÃa ni un ápice de su carácter peliagudo. De todos modos, las preguntas podÃan esperar, y, que él supiera, era fácil responder a la señora Lowder.
—En cualquier caso, eso no significa que me resista. La señorita Theale me parece encantadora.
Bueno, era cuanto ella querÃa.
—Pues no desaproveche la oportunidad.
—Lo malo es —prosiguió él— que, como es natural, se dispone a dejar la ciudad y, según tengo entendido, a partir al extranjero.
La tÃa Maud pareció haber considerado ya esa dificultad.
—No se irá —sonrió a su pesar— hasta haberle visto a usted. Además, cuando se marche… —hizo una pausa que lo desconcertó. Pero, un instante después, aún lo dejó más perplejo—: Nosotras también iremos.