Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¿De algo que no es mÃo? —No se dejó amilanar—. No digo que lo sea… pero no hay razón para que no llegue a ser suyo. Piense además —prosiguió— que no soy de las que hablan por hablar. Y está usted en deuda conmigo… si quiere saberlo.
Él notó claramente su presión; sintió, dada su base, su solidez; incluso sintió, hasta cierto punto que enseguida recibió una extraña confirmación, su sinceridad. Lo cierto, en resumidas cuentas, era que lo creÃa sobornable: una convicción que, también para su inteligencia, iluminó lo imposible. Bajo esa luz ¿por quién lo tenÃa Kate? Pero no fue eso lo que preguntó en voz alta.
—Por supuesto, sé que debo estarle agradecido por la amabilidad con que me trata. Que me haya invitado esta noche, por ejemplo…
—SÃ, que le haya invitado esta noche es parte de ello. Pero ignora —añadió— lo lejos que he llegado por usted.
Él notó que se ruborizaba y tuvo la sensación de que su honor también se sonrojaba; pero se rio como mejor pudo.
—Ya veo hasta dónde llega.