Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —No dijo nada, pero fue amable y considerada; como si quisiera consolarme. —No obstante, apenas decir eso la buena mujer pareció atragantarse. Miró a Milly con valor fingido—. Lo que digo es que reparó en que estaba preocupada. Más que notarlo, lo adivinó. —Su gesto, a su manera, también fue heroico—. Pero ella no importa, Milly.
La joven tuvo la sensación de que a estas alturas podÃa hacer frente a cualquier cosa.
—Nadie importa, Susie. Nadie. —Algo que, no obstante, contradijeron sus siguientes palabras—. ¿Se tomó mal sir Luke que yo no estuviese? ¿No era lo que querÃa, poder explayarse, más fácilmente, contigo?
—No se «explayó», Milly —dijo con voz trémula y delicada la señora Stringham.
—¿No se quedó prendado de ti —prosiguió Milly— y no juzgó que eres la persona más encantadora en quien yo podÃa delegar? ¿No congeniasteis enormemente y de hecho os enamorasteis, por lo que fue una enorme ventaja contar conmigo como vÃnculo en común? Ya veo que me vais a utilizar lo más posible.
—¡Mi niña, mi niña! —murmuró implorante la señora Stringham; aunque dejando entrever que temÃa incluso los efectos de sus súplicas.