Las alas de la paloma

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—Pues ¡ya lo ves! —se rio Milly—. Así es como quiero verte, Susie. Animada. Pasaremos muy buenos ratos con él. No te preocupes.

—No me preocupo, Milly. —Y el semblante de la pobre Susie reflejó la sublimidad de su mentira.

Fue entonces cuando su compañera, profundamente dominada por la emoción, corrió hacia ella y le dio un abrazo en el que se dijeron cosas que iban más allá de las palabras. Las dos se abrazaron como para consolarse de esa desdicha innombrada, la desdicha de la señora Stringham de conocer la tortura de la impotencia, la desdicha de Milly de tener que preocuparse por ella en semejantes circunstancias. Lo que Milly suponía era una enormidad, y la dificultad para su amiga radicaba en no poder contradecirla sin presentar como prueba nada más que lo que permitían la ternura y la imprecisión. Nada, de hecho, quedó demostrado, excepto que podían abrazarse de aquel modo; y, desde luego que, como hemos indicado, el compromiso de proteger y apoyar lo suscribió sólo la más joven de las dos.




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