Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —No te pregunto —dijo enseguida— lo que te ha dicho, ni lo que te ha pedido que me digas, ni cómo se tomó en realidad que te dejara con él, ni lo que hablasteis de mÃ. Si lo dispuse para que os vieseis a solas no fue para enterarme después por mediación tuya: hay cosas que no quiero saber. Ya tendré ocasión de verlo y de saber más de lo que necesito. Lo único que quiero es que me ayudes apoyándote en él: y que él te enseñe el modo. En fin, que te lo pondré fácil; lo haré de tal manera que la mitad de las veces ni siquiera te darás cuenta. Y para eso tienes que confiar en mÃ. Nada más. Estamos de acuerdo. Nos ayudaremos mutuamente, y puedes estar segura de que no me rendiré. Asà que ¿cómo ibas a estar más segura si no tienes que temer siquiera que te den un codazo?
—Me dijo que puedo ayudarte… por supuesto —se apresuró a responder Susie—. ¿Por qué no iba a hacerlo, y para qué he venido si no? Pero no me dijo nada horrible: nada, nada, nada —insistió enérgica la pobre señora—. Sólo que tienes que hacer lo que te guste y seguir sus instrucciones: que consisten, sencillamente, en hacer lo que te guste.
—No debo irme muy lejos. De vez en cuando debo ir a verle. Pero, claro, eso también es hacer lo que me gusta. Es una suerte —añadió con una sonrisa— que me guste ir a verle.