Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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La señora Stringham estuvo de acuerdo; se esforzó por encontrar la versión más aceptable de sus circunstancias.

—Para mí será delicioso y lo que estoy segura que quiere de mí: que te ayude a hacer lo que te guste.

—Y también —se burló Milly— que me protejas un poco de las consecuencias, ¿no? Claro que antes tendré que averiguar qué es lo que me gusta —añadió.

—¡Oh! Algo encontrarás —dijo la señora Stringham con valentía—. Creo que ya hay algunas cosas, como por ejemplo ésta. Quiero decir —explicó—, que estemos así.

Milly reflexionó.

—¿Como si quisiera que estuvieses a gusto con él, y él lo mismo contigo? Sí… eso me gustará.

Susan Shepherd pareció un tanto confundida.

—¿De cuál de los dos estás hablando?

Milly vaciló un instante y luego lo entendió.

—No hablo del señor Densher. —Y la idea pareció divertirle—. Aunque si también te sientes cómoda con él, tanto mejor.

—¡Ah! ¿Te referías a sir Luke Strett? Sin duda es muy distinguido. ¿Sabes —prosiguió Susie— a quién me recuerda? A nuestra propia eminencia: al doctor Buttrick de Boston.

Milly recordaba al doctor Buttrick de Boston, pero lo descartó después de una pausa respetuosa.


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