Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Y ¿qué opinas, ahora que lo has visto, del señor Densher?
Hasta después de mucho considerarlo, sin apartar los ojos de los de su amiga, Susie no respondió:
—Creo que es muy apuesto.
Milly siguió sonriéndole, aunque adoptó un poco la actitud de un maestro con su alumno.
—Bueno, con eso bastará para empezar. He hecho —prosiguió— lo que querÃa.
—Pues eso es lo que queremos todos. Ya ves que hay muchas cosas.
Milly negó con la cabeza al oÃr lo de «muchas».
—Lo mejor es no saberlo… Eso las incluye todas. No… no sé. Nada de nada… sólo que estás conmigo. Recuérdalo, por favor. Por mi parte, no olvidaré nada tuyo. Asà todo irá bien.
El efecto fue, como pretendÃa, animar a Susie, que, a pesar de sà misma, intentó tranquilizarla.
—Sin duda es lo mejor. Creo que tendrÃas que entender que él no ve razón para…
—¿Para que no viva muchos años? —Milly terminó la frase, como para comprenderla y considerarla un momento. Pero la despachó de otro modo—. ¡Oh!, claro, ya lo sé.
Lo dijo como si los argumentos de su amiga no tuviesen mayor importancia.