Las alas de la paloma
Las alas de la paloma La señora Stringham intentó darles alguna.
—Bueno, lo que quiero decir es que no me dijo nada que no te haya dicho a ti.
—¿De verdad…? ¡En su lugar yo lo habrÃa hecho! —Tal vez se hubiera llevado una decepción, pero conservaba su buen humor—. Me dice que viva… —y le dio a la palabra un sentido extraño y limitado.
Susie se quedó un tanto desconcertada.
—Y ¿qué más quieres?
—Querida —dijo enseguida la joven—. Te aseguro que no «quiero» nada. Y aun asà —añadió— voy a vivir. Oh, sÃ. Voy a vivir.
Volvió a dejarlas frente a frente, pero a la señora Stringham la habÃa emocionado.
—Pues yo también, ¡ya lo verás! —Habló en un tono que aludÃa a su recuperación.