Las alas de la paloma

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Sin embargo, esa vez tuvo la prudencia de insinuar más de lo que decía. Con la ayuda de Milly había llegado a comprender hasta cierto punto lo que las esperaba; esos diez minutos de conversación habían hecho que fuese más consciente de la presencia en su imaginación de una idea nueva. Tal vez fuese una idea antigua con un valor nuevo; en todo caso en esa última hora, aunque al principio tal vez débilmente, había empezado a brillar con una luz especial. La razón fue que la mañana se había oscurecido de pronto; se había oscurecido lo bastante para que destacara el brillo de una estrella. La oscuridad podía haber aumentado, pero el cielo se había despejado en comparación; y desde entonces la estrella de Susan Shepherd siguió brillando para ella. De momento, después de su conversación con Milly, fue la única luz que quedó en los cielos. Comprendió, mientras seguía mirándola, que en realidad la había instalado allí la visita de sir Luke Strett y que las impresiones que había tenido después habían contribuido a fijarla. La reaparición de Milly con el señor Densher detrás de sus talones —o tal vez, extrañamente, detrás de los de la señorita Croy, y la señorita Croy detrás de los de Milly— había contribuido a aumentar el efecto, aunque Susie sólo había llegado a entenderlo en el intervalo de mayor oscuridad. La oscuridad había reinado durante la hora de la visita de sus amigos, y se había aclarado un poco mientras, en una de las salitas, la notable amabilidad de Kate Croy intensificaba el hecho de que Milly y el joven estuviesen juntos en la otra. Y si no había adquirido toda la intensidad de la que era capaz, había sido porque la pobre señora aún seguía embargada por esa primera oscuridad, la oscuridad que el buen doctor había dejado tras él.


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