Las alas de la paloma

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La intensidad que la circunstancia en cuestión podía revestir para la imaginación bien informada nos habría sido sin duda sobradamente revelada —además de otras cosas de interés para nuestros propósitos— en dos o tres de esas charlas confidenciales que se permitía tener ahora con la señora Lowder. Nunca se había alegrado tanto de confiar en su antigua amiga: pues, de no haber tenido, en semejante trance, alguien en quien confiar, sin duda habría tropezado por el camino. La discreción había dejado de equivaler al silencio; el silencio era grueso y tosco, mientras que la prudencia iba afinándose, aunque fuese de manera trémula, hasta acabar en punta. La mañana siguiente a la conversación que acabamos de relatar se dirigió a Lancaster Gate; y allí, en el mismísimo sanctasanctórum de Maud Manningham, encontró alivio justificando poco a poco su conducta. Hacía tiempo que tenía la costumbre de justificar su conducta con cierta regularidad: regularidad que dependía, claro, de las pruebas que, leyes ajenas a su voluntad, pudieran interponer en su camino. Nunca escatimaba, en suma, un juicio agudo y acertado sobre su manera de actuar, y en la mayor parte de los casos era capaz de expresarlo. Lo que ocurrió esa vez fue que la embargó la sensación de que no le quedaba nada que contar: estaba demasiado sumida en lo inevitable y lo abismal. Si quería justificarse tenía que ser ante otra persona, y lo primero que advirtió a su anfitriona fue que tenía que dejarla llorar. En el hotel, bajo la vigilancia de Milly, no podía, por eso se había ido; y por suerte tuvo ocasión de hacerlo a la primera oportunidad. Al principio lloró y lloró: se limitó a eso; fue por el momento la mejor explicación de lo que la había llevado allí. La señora Lowder, haciendo alarde de inteligencia, supo interpretarlo así mientras terminaba de escribir un par de cartas, con Susie sentada al lado de su escritorio. Sabía resistir el contagio de las lágrimas, pero aun así su paciencia estuvo a la altura de las vívidas súplicas de su visitante.


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