Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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—¿Sabes? Nunca podré volver a llorar… al menos con ella; así que tengo que desahogarme cuando tengo ocasión. Aunque ella llore, yo no podré permitírmelo: ¿qué sería sino una confesión de mi falta de esperanzas? No estoy con ella para eso: sino para ser siempre sublime. Además, Milly tampoco llora.

—Desde luego espero —respondió la señora Lowder— que no tenga motivos.

—No lo hará ni aunque los tenga. No verterá ni una lágrima. Hay algo que se lo impedirá.

—¡Ah! —dijo la señora Lowder.

—Sí, su orgullo —explicó la señora Stringham, pese a las dudas de su amiga, y así fue como sus explicaciones cobraron forma coherente.

Maud Manningham insinuó que a ella el orgullo nunca le había impedido llorar si otras cosas la empujaban a hacerlo; lo que ocurría era que esas mismas cosas, en ocasiones, la obligaban a actuar, a llegar a acuerdos, a mantener correspondencia, a llamar a timbres, a dar órdenes a los criados, a tomar decisiones.


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