Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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—Ahora mismo podría estar llorando —dijo—, si no tuviese que escribir estas cartas —lo dijo sin la menor aspereza con su angustiada compañera, a quien permitió el margen mínimo de ser diferente. No la había interrumpido igual que no habría interrumpido al afinador del piano. Le dio tiempo a la pobre Susie; y, cuando la señora Lowder, para guardar las apariencias y llegar a tiempo a la recogida del correo, fue con las cartas selladas a la puerta de la sala para entregárselas al lacayo al que había convocado apretando un timbre, los hechos del caso estaban lo bastante claros. No obstante, sólo hicieron falta dos o tres, dada su importancia, para preparar el camino del más grave: la conversación de la señora Stringham el día anterior con sir Luke, que había querido verla para hablarle de Milly.

—¿Fue él quién lo quiso?

—Creo que se alegró. Está clarísimo. Se quedó un cuarto de hora. Noté que para él era mucho. Está interesado —dijo la señora Stringham.

—¿En su caso?

—Según él, no es un caso.

—Y ¿qué es entonces?

—No es, al menos —explicó la señora Stringham—, el que ella creía, aunque todavía es posible que lo sea, cuando fue a verle sin mi conocimiento. Fue porque temía algo, y él la examinó a conciencia: se ha asegurado. Está equivocada: no tiene lo que pensaba.


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