Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Y ¿qué pensaba? —quiso saber la señora Lowder.
—No me lo dijo.
—Y ¿no le preguntaste?
—No le pregunté nada —dijo la pobre Susie—. Me limité a escuchar lo que me contó. Y no me contó más que lo necesario… Fue muy correcto —prosiguió—. Gracias a Dios, está interesado.
—DebÃa de estar interesado en ti, querida —observó amable Maud Manningham.
Su visitante se lo tomó con ingenuidad.
—SÃ, querida, creo que sÃ. Quiero decir que ha visto lo que puede hacer conmigo.
La señora Lowder la entendió.
—Por ella.
—Por ella. Cualquier cosa que pueda o deba hacer. Puede utilizarme hasta mi último aliento, y al menos eso le gusta. Dice que lo mejor para ella es que sea feliz.
—Sin duda es lo mejor para cualquiera. Entonces —preguntó generosa la señora Lowder—, ¿a qué vienen tantos llantos?
—Es solo —gimoteó la pobre Susie— que todo es tan raro, tan fuera de nuestro alcance. Sobre todo si ella no puede…
—Podrá. —La señora Lowder no conocÃa imposibles—. Lo hará.