Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Bueno… si la ayudas. Él cree que podemos ayudarla.
La señora Lowder consideró un momento, a su manera imponente, lo que creÃa sir Luke. Se sentó con las rodillas separadas, no muy distinta de una pintoresca matrona, con pendientes en las orejas, en un puesto del mercado; mientras su amiga, delante de ella, iba echándole las diversas verdades del asunto sobre el ancho mandil.
—Pero ¿fue a verte sólo para eso… para decirte que tiene que ser feliz?
—Que debemos hacer que lo sea: ahà está la clave. Según me dijo, no hace falta más —prosiguió la señora Stringham—: le dio mucha importancia e insinuó que era posible.
—Ah, bueno, ¡si él lo cree posible!
—Lo que digo sobre todo es que le dio mucha importancia. Lo dejó en mis manos, como parte de mi obligación. De lo demás se ocupará él.
—Y ¿qué es lo demás? —preguntó la señora Lowder.
—No lo sé. Lo que él haga. Quiere seguir visitándola.
—Entonces ¿por qué dices que no es un caso? Debe serlo por fuerza.
La señora Stringham pareció admitirlo.
—No el mismo caso que ella creÃa.