Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¿Es otro?
—Otro.
—Y ¿al examinarla en busca de lo que ella creÃa ha encontrado otra cosa?
—Otra cosa.
—Y ¿qué ha encontrado?
—¡Ah! —exclamó la señora Stringham—. ¡Dios me libre de saberlo!
—¿No te lo dijo?
Pero la pobre Susie se habÃa recuperado.
—Lo que digo es que, si la hay, acabaré sabiéndolo. Aún lo está considerando, pero puedo confiar en él… porque creo que confÃa en mÃ. Lo está considerando —repitió.
—En otras palabras ¿no está del todo seguro?
—Bueno, la tiene en observación. Creo que es eso. Ahora se irá, pero tiene que volver a verlo dentro de tres meses.
—En tal caso creo —dijo Maud Lowder— que no tendrÃa que habernos asustado de antemano.
Susie se impacientó un poco, pues ya habÃa abrazado la noble causa del médico eminente. Al menos es lo que dejó traslucir en el leve reproche de su respuesta.
—¿Es que nos asusta ayudar a que sea feliz?
La señora Lowder respondió un tanto envarada.