Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —SÃ; me asusta. A mà todo me asusta, no tengo reparo en admitirlo, si no lo entiendo. ¿A qué se refiere con lo de que sea feliz?
La señora Stringham respondió sin dudarlo:
—¡Oh, lo sabes!
En realidad lo dijo para que su amiga tuviese que admitirlo; tal como hizo un momento después. Lo aceptó con ciertos reparos e incluso es posible que acudiese en su ayuda un extraño y frÃvolo humor.
—Bueno, digamos que parece que sÃ. ¡Lo importante es…! —Pero se interrumpió como intimidada por lo que iba a preguntar.
—¿Si la curará?
—Exacto. ¿Es esa medicina… un verdadero remedio?
—Bueno, ¡yo creo que deberÃamos saberlo! —afirmó con delicadeza la señora Stringham.
—¡Ah!, pero no padecemos esa enfermedad.
—¿Nunca has estado enamorada, querida? —preguntó Susan Shepherd.
—SÃ, hija, pero no por prescripción médica.
Maud Manningham habÃa dicho esto obligada con una leve frivolidad que obró —y felizmente— como un desafÃo para el ánimo de su visitante.
—¡Oh, por supuesto no tenemos que pedirle permiso! Pero saber que él cree que nos conviene ya es algo.