Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Fue después de la cena de los niños, que era también la de la madre, y que la tía conseguía eludir casi siempre; y las dos jóvenes seguían delante del mantel arrugado, entre baberos, platos rebañados y el persistente olor a comida hervida. Kate había preguntado, con mucha ceremonia, si podía abrir un poco la ventana, y la señora Condrip había respondido, sin ninguna, que hiciese lo que quisiera. A menudo se tomaba esas preguntas como si reflejaran en cierto sentido la pura esencia de sus hijos. Los cuatro se habían retirado, con mucho ruido y ajetreo, bajo la imperfecta vigilancia de la diminuta institutriz irlandesa que les había buscado su tía y cuya sombría resolución de no prolongar semejante martirio era cada vez más evidente. La madre de los niños se había convertido para Kate —que lo tomaba sólo por un efecto de la maternidad— en alguien muy distinto a la dulce Marian del pasado: la viuda del señor Condrip oscurecía por completo aquella imagen. Era poco más que un vestigio andrajoso, un sencillo y prosaico resultado de su marido, como si hubiese pasado por él, igual que por un estrecho embudo, y hubiese salido arrugada, inútil y sin nada más que lo que él representaba. Se había vuelto colorada y casi gorda, dos síntomas de duelo que no eran muy apropiados; cada vez se parecía menos a los Croy, sobre todo a los Croy cuando pasaban apuros, y más a las dos hermanas solteras de su marido, que, en opinión de Kate, iban a verla demasiado a menudo y se quedaban demasiado tiempo, con el consiguiente gasto de té y mantequilla, sobre el cual Kate, a quien no dejaban indiferente las facturas de los tenderos, tenía su propia opinión. Además, Marian era muy quisquillosa con sus cuñadas, y a su pariente más próxima, que veía y ponderaba mejor las cosas, le parecía una rareza que se tomase por lo personal cualquier observación que hiciese sobre ellas. Si ésa era la consecuencia inevitable del matrimonio, Kate Croy habría cuestionado semejante institución. En cualquier caso, era un ejemplo muy claro de lo que un hombre —¡sobre todo un hombre así!— podía hacerle a una mujer. Veía cómo las dos Condrip apremiaban a la viuda de su hermano a propósito de la tía Maud, que al fin y al cabo ni siquiera era tía suya, la empujaban, mientras bebían interminables tazas de té, a charlar e incluso a jactarse de la casa de Lancaster Gate y la volvían más vulgar de lo que parecía escrito que pudiera llegar a ser ningún Croy. Insistían, una y otra vez, en que no había que perder de vista Lancaster Gate, y en que debía ser Kate la encargada de conseguirlo; de este modo, curiosa, o más bien tristemente, nuestra joven estaba segura de ser el objeto de sus comentarios pese a que jamás habrían consentido que fuera ella quien hablase de ellas. Y lo peor del caso era que Marian no las quería. Pero eran Condrip, habían crecido cerca de él, eran casi como Bertie, Maudie, Kitty y Guy. Le hablaban del difunto, cosa que Kate nunca hacía, por lo que tenía que limitarse a escuchar en silencio. De hecho, no dejaba de repetirse que si ésos eran los efectos del matrimonio… Cualquiera podría adivinar, por tanto, que la advertencia de Marian cayó bajo la luz irónica de esas reservas.


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