Las alas de la paloma

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Y lo que, desde luego, la señora Stringham tuvo que aceptar con resignación fue que no le hablara de la visita que había hecho. De hecho, señaló el inicio de una extraña independencia entre las dos —una independencia de acción y de costumbre— respecto al futuro de Milly. Siguieron caminos separados con el decidido consentimiento de la joven; lo cual no era en realidad sino lo que le había pedido de forma tan extraordinaria después del primer encuentro de la señora Stringham con sir Luke. Aceptó la idea de que Susie tuviera o fuese a tener otras entrevistas: privadas, comprometidas, personales; aceptaba cualquier idea, pero sobre todo la de que ella pensaba seguir como si no pasara nada. Ya que iban a ayudarla, sería lo que haría; y, aunque su compañera no lo supo por ella, fue lo que hizo con su médico. Planteó la visita según los motivos más sencillos: había ido sólo a decirle lo mucho que la había conmovido su buen natural. Eso requirió pocas explicaciones, pues, como le había dicho la señora Stringham, él comprendió que lo único que podía responder era que no tenía de qué preocuparse.

—Pasé un agradable cuarto de hora con esa señora tan inteligente. Tiene usted buenos amigos.

—Eso piensa cada uno de ellos de los demás. Aunque yo también lo pienso —continuó Milly— de todos. Son ustedes excelentes el uno para el otro. Y yo diría que es lo que más me conviene.


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