Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Bueno… en la medida en que compadecerme como me compadece sea tratarme a la ligera.
—No te compadece —razonó muy seria Susie—. Sólo te aprecia, igual que todo el mundo.
—Pues no tiene por qué. Él no es igual que los demás.
—Y ¿por qué, si quiere ayudarte?
Milly le dedicó otra mirada, pero esta vez acompañada de una maravillosa sonrisa.
—¡Ah, ahà lo tienes! —La señora Stringham se ruborizó, porque ahà lo tenÃa otra vez. Pero Milly no insistió—. Ayudarme… ¡ayudarme! Por supuesto que quiero. —Luego, como de costumbre, abrazó a su amiga—. No voy a ser asà de mala con él.
—¡Espero que no! —y la señora Stringham se rio por el beso—. ¡Aunque no me cabe duda de que de ti lo aceptarÃa! Eres tú, mi niña, la que no eres como los demás.
La anuencia de Milly le dio, al cabo de un instante, la última palabra.
—No, porque los demás lo aceptan todo de mÃ.