Las alas de la paloma
Las alas de la paloma En ese momento, la embargó una de sus más extrañas impresiones, que al mismo tiempo fue una de sus más delicadas alarmas: la intuición de que si iba, por asà decirlo, demasiado lejos, podrÃa privar de naturalidad, si no de valor, su relación. Ir demasiado lejos equivalÃa a fracasar en el intento de seguir, al menos, siendo sencilla. Él acabarÃa detestándola si lo distraÃa constantemente y lo ponÃa en evidencia mientras ejercÃa una amabilidad que, sin duda, era para él un método sofisticado. Susie no la detestarÃa, porque Susie querÃa sufrir por ella; Susie tenÃa la noble idea de que asà la ayudarÃa. No obstante, no era de esperar que el más eminente de los médicos londinenses actuase de ese modo. No dispondrÃa de tiempo ni aunque quisiera; por lo que, en una palabra, Milly tuvo la sensación de estar advertida. Cara a cara con su esforzado y atento médico, experimentó en determinado momento una exaltación de los sentimientos como la que habÃa sentido en su decisiva conversación con Susie. Todo se redujo a lo mismo: también a él le ayudarÃa a ayudarla si era posible; pero, si no lo era, colaborarÃa para solucionarlo. A partir de semejante premisa, no habrÃa necesitado muchos más minutos para casi intercambiar los papeles de médico y paciente. ¿Qué era de hecho él más que un paciente; qué era ella más que un médico, desde el momento en que aceptaba de una vez por todas la necesidad, y adoptaba de una vez por todas la polÃtica, de ahorrarle sorpresas sobre su sutileza? Le dejarÃa la sutileza a él: él sabrÃa disfrutarla, y, sin duda, con el tiempo ella disfrutarÃa de su disfrute. Llegó a imaginar que el éxito interior de estas reflexiones le daba ante sus ojos cierto rubor y florecimiento, una apariencia de salud; y lo que ocurrió después pareció corroborar esa impresión.