Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Creo que deberÃa admitir —dijo al cabo de un momento— que soy muy fácil de tratar.
Pero él volvió a mover la cabeza; no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.
—Aún no ha llegado usted a eso.
—¿Tan mala tiene que estar una?
—Bueno, no creo haber visto nunca… que un tratamiento sea «fácil». Dudo que sea posible. Nunca he visto a nadie que esté lo bastante mal. La facilidad, como ve, es para usted.
—SÃ, ya veo… ya veo.
Hicieron una pausa amistosa, aunque tal vez un poco incómoda; tras la cual sir Luke preguntó:
—Y esa inteligente señora ¿irá con usted?
—¿La señora Stringham? Oh, sÃ. Espero que se quede conmigo hasta el final.
Él adoptó un gesto jovial e inexpresivo.
—Hasta el final ¿de qué?
—Bueno… de todo.
—¡Ah, entonces tiene usted suerte! —se rio—. El final de todo está muy lejos. Esto, espero que lo sepa —dijo sir Luke— es sólo el principio. —Y la siguiente pregunta que se aventuró a hacer podrÃa haber sido una parte de su esperanza—. ¿Sólo van ella y usted?