Las alas de la paloma

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—No, vendrán también otras dos amigas; dos señoras a quienes hemos tratado más que a nadie y que son las personas más indicadas.

Él se quedó pensativo un instante.

—Entonces ¿serán cuatro mujeres?

—¡Ah! —exclamó Milly—, somos viudas y huérfanas. Pero creo —añadió como para decir lo que veía que le tranquilizaría— que aun así tendremos atractivo, en el viaje, para los caballeros. Cuando habla usted de «vivir», supongo que se refiere sobre todo a los caballeros.

—Cuando hablo de «vivir» —respondió el médico al cabo de un momento que tal vez dedicase a asimilar lo picante de su comentario—, cuando hablo de vivir creo que me refiero más que nada al maravilloso espectáculo, con toda su lozanía, que ofrecen los jóvenes de su edad. Así que siga usted tal como es. Cada vez la entiendo mejor. No podrá —llegó a decir por cortesía— mejorarlo.

Ella le escuchó con mucha calma.

—Una de nuestras compañeras será la señorita Croy, que me acompañó la primera vez. En ella sí que la vida es espléndida; y en parte es porque me tiene devoción. Aunque es magnífica en sí misma. Así que si le apetece verla… —le soltó con desparpajo.


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