Las alas de la paloma
Las alas de la paloma El único obstáculo para una auténtica reciprocidad con él era que parecÃa tan familiarizado con todas las posibilidades de uno que uno no disfrutaba de la mejorÃa.
—¡Oh, no! Es usted muy difÃcil de tratar. Le aseguro que con usted necesito recurrir a todo mi saber.
—Bueno, lo que querÃa decir es que he cumplido. —No se habÃa creÃdo lo más mÃnimo su respuesta, pues estaba convencida de que, si de verdad hubiese sido difÃcil, eso habrÃa sido la última cosa que le habrÃa dicho—. Hago —dijo— lo que me gusta.
—Pues eso es lo que me gusta a mà también. Pero, aunque esté haciendo tan buen tiempo, debe marcharse enseguida. —Dicho esto, cuando ella se apresuró a responder que su partida, primero al Tirol y luego a Venecia, estaba fijada para el 14, respondió con rapidez—. ¿A Venecia? Es perfecto, porque nos veremos allÃ. Sueño con ir en octubre, cuando confÃo en tener tres semanas disponibles; tres semanas en las que, si consigo estar libre, mi sobrina, una jovencita que hace de mà lo que quiere, se propone llevarme donde le apetezca. Ayer la oà decir que cree que le apetecerá Venecia.
—Es estupendo. Le esperaré allÃ. Y ¡cualquier cosa que, de antemano o en cualquier otro sentido, pueda hacer por usted…!
—Oh, gracias. Mi sobrina, me parece, se encargará de todo. Pero será magnÃfico verla allÃ.