Las alas de la paloma

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—¡Oh, eso me parecía! —respondió; y fue como lo viese venir. Sólo se preguntó qué habría adivinado el médico. Si había adivinado algo sería ciertamente notable por su parte. En cuanto a lo que había que adivinar, no podía —si es que lo había adivinado— haberlo deducido más que por su propia perspicacia. Esta perspicacia era por tanto inmensa; y si le proporcionaba la sutileza que pensaba dejar en sus manos, su parte no sería escasa. Ni tampoco, ya puestos, lo sería la suya… que de hecho estaba disfrutando ya. Le habría gustado saber si en realidad no podría haber algo para ella. Cuando fue a verle no estaba segura de estar «mejor», y él no utilizó, y tendría muchísimo cuidado de no utilizarlo, ese comprometido término con ella; a pesar de lo cual habría estado dispuesta a decir, por su amable compasión: «Sí, debo de estarlo», pues él tenía la intuición de que algo le había pasado. Era una intuición, porque ¿quién iba a haberle contado nada? Susie, estaba segura, no había vuelto a verle, y había cosas que era imposible que le hubiese contado la primera vez. Ya que era tan perspicaz, ¿por qué no iba a admitirlo ella y a aceptar con elegancia la nueva circunstancia, la única por la que él estaba claramente deseando felicitarla, como una causa suficiente? Si uno acariciaba una causa con la ternura suficiente, podría producir un efecto; y eso, para empezar, sería una forma de acariciarla—. El otro día me dio —prosiguió— muchas cosas en las que pensar, y es lo que he estado haciendo: pensar como probablemente hubiera querido usted. Creo que debo ser muy fácil de tratar —dijo con una sonrisa—, puesto que me ha hecho usted ya tanto bien.


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