Las alas de la paloma

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—Eso me dice todo el mundo —respondió ella enseguida.

—Mi convicción, que ya fue muy intensa la primera vez que la vi, se ha reforzado después de conocer a su amiga. No me cabe duda: tiene el mundo entero por delante.

—¿Qué le contó mi amiga? —preguntó Milly.

—Nada que a usted no le habría gustado oír. Hablamos de usted… y con mucha libertad. No lo niego. Pero eso demuestra que no le pido a usted lo imposible.

La joven se había puesto en pie.

—Creo saber lo que me pide.

—Para usted —prosiguió— nada es imposible. Así que siga adelante. —Lo repitió, pues quería que comprendiese que así era como él la veía—. Está usted bien.

—Bueno —sonrió ella—, pues consérveme así.

—¡Oh!, ya se escapará usted.

—Consérveme, consérveme —insistió sencillamente con sus ojos amables posados en él.

Le había dado la mano para despedirse, y él la conservó un momento entre las suyas. Entonces, mientras consideraba si quedaba algo por decir, acudió a su memoria algo más; aunque no pudiera hacer gran cosa sobre este particular.


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