Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Nunca hasta esa mañana había tenido tanto la sensación de sumergirse en lo que poseía; contenta y agradecida de que el calor del verano meridional se demorase en los altos y floridos salones, estancias palaciegas con suelos duros y fríos que reflejaban el eterno barniz y donde el sol centelleaba, con el cabrilleo del agua marina, por las ventanas abiertas, jugando con los «temas» pintados en los espléndidos techos: medallones de púrpura y marrón, de color viejo y melancólico, medallas de oro enrojecido por los años, labrado y ornado, patinado por el tiempo, todo con florituras, festones y dorados en las grandes molduras y concavidades repujadas (un nido de blancos querubines, amistosas criaturas del aire) destacadas por una segunda hilera de ventanas más pequeñas que se abrían directamente en la fachada y contribuían a hacer de aquel lugar un gran salón señorial a pesar de las Baedekers y las horribles y llamativas fotografías del grupo de Milly. Así por fin, aunque hacía tres semanas que disfrutaba del palacio, tuvo la impresión de ocuparlo de verdad; tal vez porque era la primera vez que estaba sola —sola de verdad— desde que salió de Londres, comprendió plenamente y sin estorbos lo que el gran Eugenio había hecho por ella. El gran Eugenio, recomendado por grandes duques y norteamericanos, había entrado a su servicio en el último momento: había llegado de París, después de múltiples pourparlers[36] con la señora Stringham —a quien Milly había dado más carta blanca que nunca— para acompañarla al continente y no separarse de ella, y le había consagrado, desde el momento en que se conocieron, todos los secretos de su experiencia. Ella lo había juzgado de antemano —políglota y universal, encantador y muy serio— como un estafador consumado de pies a cabeza; pues mientras se llevaba una cuidada mano italiana al corazón hundía la otra en el bolsillo de Milly, que notó enseguida que se le ajustaba como un guante. Lo curioso era que estos elementos de los que tenían conciencia mutua habían formado un vínculo indestructible y echado los cimientos de una feliz relación; pues eran a estas alturas, de un modo extraño, grotesco y encantador, lo que más mantenía la confianza entre los dos y lo que mejor la expresaba.
