Las alas de la paloma
Las alas de la paloma La prueba de lo bien que la había entendido estaba en el propio palacio; en cuanto a la magistral adquisición de éste, ella no había hecho preguntas. Le había mostrado de sobra lo que pensaba y a él le había gustado su paciencia; Milly pronto conocería la parte de la transacción que le concernía, y la relación de Eugenio con las cifras que encontró anotadas acabó pareciendo, por así decirlo, aún más insignificante. Era evidente que personas encantadoras, verdaderas amantes de Venecia, le habían cedido su casa, y habían huido lejos, a otros países, para ocultar su vergüenza por lo que habían enajenado, aunque fuese brevemente, y por lo que habían ganado de forma duradera. Por lo que habían conservado y cuidado, y que ahora ella —su actitud era desvergonzada— se apropiaba y disfrutaba. El palazzo Leporelli[37] conservaba aún su historia en su ancho regazo, como un ídolo pintado, una solemne marioneta cubierta de condecoraciones. Lleno de cuadros y de reliquias, el rico pasado veneciano, el carácter imborrable, era una presencia servida y reverenciada: lo que nos devuelve a la realidad de hace un rato: al hecho de que más que nunca, esa mañana de octubre, aunque fuese sólo una torpe novicia, Milly deambulaba despacio de aquí para allá como la sacerdotisa de un culto. Sin duda, la causa era el dulce regusto de la soledad añorada y recuperada, siempre una necesidad de su naturaleza cuando las cosas le hablaban con agudeza. Era en mitad del silencio como mejor le hablaban: entre otras voces se le escapaba su significado. Llevaba semanas rodeada de voces, y había intentado escucharlas, las había cultivado y había respondido: habían sido semanas en las que otras circunstancias bien habrían podido impedirle oír. Había tenido la sensación, más de lo que las perspectivas amenazaban o prometían al principio, de mezclarse con una muchedumbre y un nutrido grupo de acompañantes; las cuatro señoras que le había descrito a sir Luke Strett como una falange relativamente reducida habían resultado ser como una bola de nieve que cada día abarcaba más terreno. Susan Shepherd había comparado esa parte del viaje de la joven con el famoso avance de la emperatriz Catalina por las estepas de Rusia[38]; poblados improvisados se alzaban a cada vuelta del camino donde los lugareños aguardaban para pronunciar discursos redactados al estilo londinense. Viejos amigos, en suma, la aguardaban emboscados. De la señora Lowder, de Kate Croy, suyos…; cuando los discursos no eran al estilo londinense, lo eran al estilo más insistente de las ciudades norteamericanas. La corriente creció aún más por las relaciones sociales de Susie; de manera que hubo días, en los hoteles, en las excursiones por los Dolomitas, en los barcos a vapor de los lagos, en los que casi pudo pagar con intereses a la tía Maud y a Kate la deuda contraída por el «éxito» londinense al que ellas habían abierto las puertas.