Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Ella había visto enseguida lo que ocurría: una vez más, lo mismo de siempre. Eugenio, después de una conversación de cinco minutos, la había entendido, se había hecho cargo, como todo el mundo, no tanto del cuidado con que había que tratarla, como del cuidado con que había que dejarla. Todo el mundo la entendía, todo el mundo se hacía cargo; pero ella tenía la sensación de que con nadie esa idea había supuesto un vínculo tan estrecho ni una rendición tan entregada por su parte. Elegante, respetuoso, con una habilidad consumada —con las manos siempre dispuestas y la figura, con su cabello pulcro y blanco, su rostro grueso y bien afeitado y sus ojos negros y profesionales, casi teatrales, de un tenor famoso demasiado envejecido para hacer el amor, pero capaz todavía de hacer dinero— en ocasiones le daba a entender que ella era, de todos los clientes de su gloriosa carrera, la única con quien su interés era más personal y paternal. Los demás se habían cruzado en su camino por motivos profesionales, pero sus sentimientos por ella eran especiales. La confianza se apoyaba así en que ella lo creyera a pies juntillas: no había nada de lo que se sintiese más segura. Les pasaba cada vez que conversaban; él era abismal, pero su intimidad residía en la superficie. Había ocupado ya para ella un lugar entre quienes la ayudarían, y al meditarlo desde semejante perspectiva lo colocaba, para esa función definitiva, al lado de la pobre Susie a quien ahora compadecía más que nunca por tener que sufrir tanto y no poder decirlo. Eugenio tenía el tacto de un legatario universal: que era una personalidad que uno podía adoptar; mientras que, en el caso de que ella muriese, no imaginaba a Susie desempeñando ningún papel, pues Susie sólo se preocupaba de manera insistente y exclusiva por su duración provisional. En aquel momento, con un nuevo estallido de la imaginación, Milly pensó que, ya puestos, a ella también le habría gustado creer en ese mismo principio. En realidad, Eugenio había hecho por ella más de lo que probablemente imaginaba —al fin y al cabo, no lo sabía todo— al instalarla de manera tan perfecta, de forma tan admirable, con apenas unas pocas indicaciones, para pasar el final del otoño. Estas escasas indicaciones, más bien una sugerencia general, habían sido: «En Venecia, por favor, si es posible, nada de hoteles horribles ni vulgares; sino, si puede conseguirse —ya me entiende— unas elegantes habitaciones antiguas, totalmente independientes, para varios meses. Que sean muchas, y cuanto más interesantes mejor: parte de un palacio, histórico y pintoresco, pero sin olores, donde podamos sentirnos cómodos, con una cocinera, ¿entiende?, con criados, con frescos, con tapices, con antigüedades, todo lo necesario para que parezca que estamos instalados».


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