Las alas de la paloma
Las alas de la paloma El éxito de Kate y de la señora Lowder, para sorpresa de los compatriotas de Milly y de la señora Stringham, en realidad estuvo a punto de alcanzar su mejor momento; había sido tan rápido como el éxito al otro lado del océano de la última gran novela inglesa. Esas señoras eran «tan diferentes»… diferentes, como era evidente, de las señoras que así las denominaban, pues sobre todo fueron señoras, a veces hasta una docena a la vez, las que repetían también a la vez en el salón de Milly ésa y otras conclusiones. Las amigas de Milly eran aclamadas no sólo por ser fascinantes en sí mismas —las personas más simpáticas que habían encontrado quienes las aclamaban— sino por ser las ayudantes, desde el punto de vista social, de la excéntrica joven, encargadas, era evidente, de abrirle paso y de allanarle el camino, y tal vez de moderar su excentricidad. Al entender de Milly, breves intervalos podían suponer grandes diferencias, y esa renovada inhalación de su aire natal le había permitido ya intuir que a sus compañeras les parecía extraña y disociada. Al parecer despertaba tanto las críticas como una más bien extraña sorpresa, una benevolencia inducida por una falta de total confianza: todo lo cual la señalaba como una persona demasiado sencilla y demasiado mal vestida para pasar con ella un verdadero buen rato y, al mismo tiempo, demasiado rica y con demasiadas amistades —debidas a la habilidad intuitiva de la joven— para pasar uno malo. A sus compatriotas, en suma, por lo que ella podía apreciar, les parecían bien sus amigas por la experta sabiduría con que la trataban; pero a pesar de semejante sagacidad judicial se consideraban a sí mismos la parte inocente. Esos días vio cosas que nunca había visto y no habría sabido decir por qué, excepto por un principio demasiado terrible para ponerle nombre, pero comprendió que ni Lancaster Gate era lo que Nueva York pensaba, ni Nueva York era lo que pensaba Lancaster Gate cuando coqueteaba con el plan de una serie de visitas a Norteamérica. El plan podría haber sido concebido humorísticamente, por la señora Lowder, para mejorar su posición social: y desde luego tenía en ese sentido aciertos que tal vez sólo se adelantaran medio siglo a su época; a todo lo cual Kate Croy asistía con esa facilidad fría y controlada que casaba tan bien, según decía la gente, con esa belleza tan particular, que le hacía pensar a uno que despacharía las disputas, las especulaciones y las aspiraciones con unas escuetas palabras dichas con brillantez, tan sencillas en cierto sentido, no obstante, que sonarían, incluso cuando fuesen inocentes, como una jerga más bien exasperada. No era que Kate no hubiese fingido también que le gustaría viajar a Norteamérica; era sólo que Milly había practicado, y en los últimos tiempos más que nunca, las confesiones íntimas, ironías francas y personales que explicaban las muecas que hacían en público y con las que, cara a cara, se quitaban fatigadas la careta.