Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Quitarse la careta acabó siendo la forma que adoptaron los momentos que pasaban juntas, momentos que no se habían hecho ni más frecuentes ni más prolongados por la fatiga que sentía Milly —como ella misma decía—, cuando se quitaba los arreos. Agitaban, aquellas dos independientes, sus máscaras como si agitaran abanicos españoles; sonreían y suspiraban al quitárselas; pero el gesto, las sonrisas, los suspiros, extrañamente, habrían podido considerarse lo más real de todo. Extrañamente, decimos, porque las dos habrían coincidido en que en general su efusividad guardaba poca proporción con la parafernalia de su alivio. Era entonces cuando se decían que debían dejar de fingir, era entonces cuando lo que callaban se percibía más en el aire. Había una diferencia, sin duda, y sobre todo a favor de Kate: Milly ni siquiera imaginaba lo que podía callar su amiga, lo que tenía, en suma, que ocultar; mientras que para Kate era en comparación más fácil adivinar que la pobre Milly ocultaba un tesoro. No el tesoro de un tímido, abyecto, cariño: la ocultación, en ese particular, pertenecía a una fase muy distinta de esos estados; era más bien un principio de orgullo relativamente osado e implacable, un principio que saltaba igual que un resorte de acero a la menor presión de una pisada cercana. Así de inviolablemente guardada estaba la verdadera opinión de la joven sobre su propia validez; así su hermana triste y sorprendida se veía condenada a contemplarla lastimera desde el otro lado del foso excavado alrededor de su torre. Ciertos aspectos de la relación entre las dos jóvenes nos recuerdan, tal es el crepúsculo que se va formando en torno a ellas, a una de esas escenas oscuras de una obra de Maeterlinck: tenemos claramente la imagen, en la delicada penumbra, de esas figuras tan cercanas y al mismo tiempo tan opuestas, tan mutuamente vigilantes: la de la princesa pálida y angulosa, tocada con plumas de avestruz, con una túnica negra, cubierta de amuletos, recordatorios, reliquias, casi siempre sentada, casi siempre inmóvil, y la de la dama erguida e inquieta de su corte que, mientras describe lentos círculos, intercambia con ella, a través del agua oscura veteada de destellos del atardecer, preguntas y respuestas caprichosas. La dama erguida, con las trenzas gruesas y oscuras sobre la espalda, arrastra por la hierba la cola bordada de su vestido, completa la vuelta y vuelve a empezar, y la conversación interrumpida, breve y sin apenas alusiones, parece ocultar más que liberar su sentido. La explicación es que, cuando de verdad no tienen que pensar en los demás, se encuentran en un ambiente que parece esperar ansioso sus palabras. Semejante impresión era de hecho grave, y podría ser trágica; por lo que de manera sencilla, por fin sistemática, se decidían a medir bien sus palabras.


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