Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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No podía decírsele sin más a Milly, en particular, que si no fuese tan orgullosa probablemente habría sido más fácil compadecerla (más fácil para la persona que la compadeciera); no podía haber prueba hablada, ni demostración más contundente que la actitud coherente y considerada, que el hecho de que esa maravillosa mezcla de su debilidad y de su fuerza, su peligro, por así decirlo, y su opción, la hacía, la conservaba, irresistiblemente interesante. La dificultad de Kate era, finalmente, la misma a la que se enfrentaba la señora Stringham; y la propia Susan Shepherd, en nuestra escena de Maeterlinck, podría haber rondado bajo el crepúsculo al lado del foso. Podría decirse a favor de Kate, en cualquier caso, que su sinceridad con su amiga, todo ese tiempo, fue mucha, su imaginación compasiva, fuerte; y que esas cosas le daban una virtud, una buena conciencia, una credibilidad en sí misma, por así decirlo, que luego serían preciosas para ella. Comprendía con su aguda inteligencia la lógica de su mutua duplicidad, pasaba sin ayuda la mismas pruebas como otra callada seguidora de Milly, veía fácilmente que para la joven ser explícita equivalía a traicionar adivinaciones, gratitudes, atisbos del contraste intuido entre su fortuna y su temor: todo lo cual habría contradicho su sistemática bravuconería. De eso se trataba, comprendía asombrada Kate: reconocerlo equivalía a causar una avalancha, la avalancha que Milly aguardaba nerviosa y que podía iniciarse por el más leve aliento; aunque era menos probable que fuese el aliento ahogado de sus propias quejas que el de la compasión vana, la inferencia impotente y boquiabierta de los demás. Con tantas limitaciones así, por tanto, entre ellas, retirarse a quitarse la careta debía reducirse, como hemos sugerido, a una cuestión nominal, bastante bien representada por una alegría cuando cesaba la cháchara. La cháchara había acompañado ciertamente sus pasos, pero ellas aprovechaban a propósito esa visión desoladora para tener disponible, cuando estuvieran cara a cara, una opinión sobre alguna cosa. El alivio de quitarse los arreos: ésa era la moraleja de sus encuentros; pero la moraleja, a su vez, era que no podían ni siquiera preguntarse por qué tenían que ponérselos. Milly los llevaba a modo de armadura.


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