Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Ahora se los habĂa quitado, por alguna razĂłn, y hacĂa semanas que no estaba asĂ; es decir, siempre se los quitaba cuando estaba a solas, y sus acompañantes nunca le habĂan parecido tan lejanos y ausentes como en ese momento. Era como si una vez más, de manera aĂşn más tácita y extraordinaria, Eugenio la hubiese entendido, sin necesidad de palabras, brillante y audaz, con la excusa, por ejemplo de que hacĂa muy buen dĂa: «SĂ, consĂgame una hora a solas; llĂ©veselos… me da igual adĂłnde: entretĂ©ngalos, diviĂ©rtalos, secuĂ©strelos, ahĂłguelos, mátelos si quiere, pero necesito estar un rato a solas y averiguar dĂłnde estoy». Milly era consciente de lo extremado de su impaciencia, pues le habĂa entregado a Susie junto con los demás: Susie, que se habrĂa ahogado por su causa, entregada a un monstruo mercenario para que le consiguiera un instante de tregua. QuĂ© raras eran las vueltas de la vida y los caprichos de la debilidad; quĂ© raras las vacilaciones de la fantasĂa y los engaños de la esperanza; pero, a pesar de todo, esos experimentos con la verdad que consistĂan, en el peor de los casos, en engañarse a una misma eran legĂtimos… Âżno? Ahora estaba divirtiĂ©ndose con la idea de que Eugenio podrĂa ayudarla en todo: le habĂa insinuado, siempre con observaciones insondables, la idea, hasta entonces inconcebible, del perfecto uso que podĂa dar a su fortuna, una especie de contraataque contra el destino. QuedĂł claro para los dos que era absurdo que con tanto dinero pudiera necesitar estĂşpida y absurdamente más una vida, una carrera, una conciencia, de lo que necesitaba una casa, un carruaje o un cocinero. Fue como si hubiese hecho una especie de cálculo profesional de lo que en caso de apuro podrĂa hacer por ella, con una precisiĂłn que, ya puestos, Milly comparĂł con la vaguedad de sir Luke Strett quien —al menos en el palazzo Leporelli por las mañanas— le parecĂa casi un aficionado. Sir Luke no le habĂa dicho: «Usted pague lo suficiente y dĂ©jeme a mĂ lo demás», que era claramente lo que insinuaba Eugenio. Sir Luke parecĂa haber hablado de compras y pagos, pero en otro tipo de efectivo. Las suyas eran cantidades que no podĂan nombrarse ni calcularse, y que además ella no estaba segura de tener a su disposiciĂłn. Eugenio —ésa era la diferencia— podĂa nombrar, podĂa calcular y sus precios nunca la habĂan asustado. Dios sabĂa que habĂa estado dispuesta a pagar lo bastante por cualquier cosa, por todo, y ahora se trataba sĂłlo de reconsiderar lo que era una cantidad suficiente. Se divertĂa —a eso se reducĂa todo, ya que Eugenio siempre estaba ahĂ para firmar el recibo— pensando si podrĂa hacer frente a las facturas. Estaba más preparada que nunca para pagar bastante y tambiĂ©n más que nunca para pagar demasiado. ÂżDe quĂ© servĂa si no —si en esas cosas fallaba tu criado de confianza— ser, como decĂan las queridas Susies de este mundo, una princesa en un palacio?