Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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Recorrió sola el noble y tranquilo palacio mientras la brisa veraniega del mar agitaba aquí y allá una cortina o una persiana y se colaba en aquellos espacios velados. Tuvo la visión de aferrarse a eso: de que tal vez Eugenio podría arreglarlo. Estaba a bordo, como en el arca de su diluvio, y embargada por una ternura que ¿por qué no iba a poder servir de justificación suficiente? Nunca, nunca, la abandonaría. Se comprometería; no pediría más que quedarse allí esperando y flotar y flotar. La belleza y la intensidad, el verdadero alivio momentáneo de aquella idea llegó a su apogeo con la intención definitiva de plantearle la cuestión a Eugenio a su regreso como no se la había planteado nunca; aunque sus planes, debemos añadir, se vieron frustrados cuando, al regresar al gran salón donde había iniciado su pensativo paseo, encontró a lord Mark, de cuya llegada a Venecia nada sabía, y a quien —mientras uno de los criados la buscaba por las habitaciones vacías— habían pedido que esperase. Había esperado, lord Mark, estaba esperando… oh, sin duda; nunca le había dado tanto la impresión de ser un hombre capaz de esperar con paciencia, casi agradecido de que le diesen ocasión de hacerlo, aunque al mismo tiempo con una especie de elocuente firmeza. Lo raro, recordaría después, fue que su sorpresa al verlo allí no fuese inmediata, sino que se produjera al cabo de cinco minutos; y también, con cierta incoherencia, que casi se alegrase de verle y le disculpara por haber perturbado su soledad, como si hubiera estado pensando en él o se hubiese presentado a instancias suyas. Era, en el mejor de los casos, el final de una tregua; por más que una lo apreciara era inevitable notar que su presencia perturbaba su inapreciable soledad más que la de cualquier otro de sus conocidos: a pesar de lo cual, como no era ni la querida Susie, ni la querida Kate, ni la querida tía Maud, ni siquiera, ya puestos, el querido Eugenio en persona, verlo no cambió su sensación de haber alejado a sus amigos. No había estado tan a solas con él desde aquella ocasión en que le enseñó el magnífico retrato en Matcham, la ocasión que había señalado exactamente el punto culminante de su seguridad, la ocasión en la que sus propias lágrimas, de las que tanto se había avergonzado, fueron el indicio de que estaba rodeando conscientemente el promontorio que la protegía y se disponía a abandonar el golfo azul del desconocimiento y a adentrarse en el mar proceloso. Su presencia ahora se refirió a su presencia entonces, le recordó lo amable que había sido en Matcham y le dijo, inesperadamente, en un momento en que podía sentirlo especialmente, que, gracias a esa amabilidad y a la belleza de lo que recordaban juntos, no lo había perdido… más bien al contrario. Recibirle con cortesía, recibirle allí, verlo interesado y hechizado, además de claramente encantado por haberla encontrado sin nadie que pudiera molestarles: todo le resultó tan agradable esos primeros minutos que podían haber sido para él un feliz augurio.


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