Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Le habló de sus compañeros sin que él lograra interesarse por ellos, aunque atribuyó su aparición, tan inesperada, a un impulso obedecido sin pensarlo. Estaba tiritando en Carlsbad, postergado y azulado, cuando le acometió; así que, como sabía dónde se encontraban, se limitó a subir al primer tren. Explicó cómo había sabido de su paradero: lo había sabido —¿qué podía ser más natural?— por sus amigos, los de Milly y los suyos. No tardó en aludir a ellos, pero curiosamente fue entonces cuando la joven fue consciente de lo que se estaba preguntando para sus adentros a propósito de sus motivos. Reparó en que había utilizado el plural, lo cual incluía a la señora Lowder o incluía a Kate; pero enseguida reparó también en que eso no explicaba nada. La tía Maud le había escrito, Kate al parecer —y esto era interesante— le había escrito; pero era de esperar que su propósito no había sido que fuese a presentarse allí, aliviado de no tener que aplazar más el momento de verlas. Tan sólo dijo «¡Ah!» y otra vez «¡Ah!», cuando le contó cómo ocuparían probablemente la mañana al cuidado de Eugenio y de la señora Stringham, y las dos veces sonó como si cualquier sugerencia de que fuera a buscarlos al Rialto o el Puente de los Suspiros fuese a dejarle frío. Eso fue lo que, al cabo de un rato, puso freno de manera oscura pero directa a su confianza. Había sabido dónde se encontraban por los demás, pero no era por los demás por quienes había ido. Eso, extrañamente, fue una lástima, pues, y aún resulta más extraño decirlo, ella habría podido fiarse más de él si hubiese sido más claro. Se quedó tan helada cuando adivinó sus verdaderas intenciones que sólo por el placer de ser justa con él, sólo por el placer de recordar juntos Matcham y el Bronzino, el apogeo de su felicidad, le habría suplicado, razonado y desengañado a tiempo. En esos diez minutos, la franqueza de su bienvenida y el modo evidente en que le había complacido compensaron, sin que él se diera cuenta, si es que podían compensarlo, que al principio, en la primera cena en casa de la tía Maud, por ejemplo, ella hubiese dudado de si era del todo humano. Esa primera cena de la tía Maud se sumó al rato pasado en Matcham, se sumó a otras cosas, y consolidó, gracias a su presente benevolencia, la naturalidad de su relación e hizo que de pronto fuese maravilloso que se hubiese presentado de ese modo. Al contemplar la belleza del palacio exclamó: «¡Qué templo del buen gusto y qué expresión del orgullo de la vida, y, aun así, qué hermoso hogar!», por lo que, para entretenerlo, ella pudo ofrecerse a enseñárselo, aunque le dio a entender que acababa de recorrerlo por motivos personales y que lo había apreciado todo con más sensibilidad que antes. Él aceptó su ofrecimiento sin ningún escrúpulo y pareció alegrarse de encontrarla tan sensible.