Las alas de la paloma

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IV

No habría sabido decir qué fue lo que, en aquellas condiciones, renovó toda la solemnidad, pero al cabo de veinte minutos una especie de silencio melancólico se había abatido sobre ambos, como si se hallasen en presencia de algo conmovedor de lo que también participara su visitante. En realidad no fue más que la perfección del hechizo, o su sensación de exclusión y desamparo ante el mismo. El hechizo les mostró un rostro frío y bello, con una poesía que nunca sería suya, que hablaba con una sonrisa irónica de una vida posible, pero prohibida. De nuevo, abrumó a Milly: «¡Oh, la aventura imposible!»… La aventura para ella, una vez más, habría sido quedarse allí para siempre, toda la vida, como en una fortaleza; y la idea adoptó la forma de no bajar nunca, de quedarse suspendida en el aire divino y sin mácula, donde no oiría más que el salpicar del agua contra la piedra. El suelo que pisaban estaba a cierta altura y le inspiró esa melancólica fantasía.

—¡Ay, no bajar… no bajar nunca, nunca! —le dijo a su amigo con un extraño suspiro.

—Pero ¿por qué no iba usted a bajar —preguntó él—, teniendo como tiene esa enorme escalera antigua del patio? Por supuesto, tendría que haber siempre gente con vestidos sacados de Veronese[39] en lo alto y al pie observándola.


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