Las alas de la paloma
Las alas de la paloma No habrÃa sabido decir qué fue lo que, en aquellas condiciones, renovó toda la solemnidad, pero al cabo de veinte minutos una especie de silencio melancólico se habÃa abatido sobre ambos, como si se hallasen en presencia de algo conmovedor de lo que también participara su visitante. En realidad no fue más que la perfección del hechizo, o su sensación de exclusión y desamparo ante el mismo. El hechizo les mostró un rostro frÃo y bello, con una poesÃa que nunca serÃa suya, que hablaba con una sonrisa irónica de una vida posible, pero prohibida. De nuevo, abrumó a Milly: «¡Oh, la aventura imposible!»… La aventura para ella, una vez más, habrÃa sido quedarse allà para siempre, toda la vida, como en una fortaleza; y la idea adoptó la forma de no bajar nunca, de quedarse suspendida en el aire divino y sin mácula, donde no oirÃa más que el salpicar del agua contra la piedra. El suelo que pisaban estaba a cierta altura y le inspiró esa melancólica fantasÃa.
—¡Ay, no bajar… no bajar nunca, nunca! —le dijo a su amigo con un extraño suspiro.
—Pero ¿por qué no iba usted a bajar —preguntó él—, teniendo como tiene esa enorme escalera antigua del patio? Por supuesto, tendrÃa que haber siempre gente con vestidos sacados de Veronese[39] en lo alto y al pie observándola.
