Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —No, no tengo que escucharle… Es justo lo que no tengo que hacer. La razón es, sencillamente, que me hace sufrir. Puedo estar tan unida a ustedes como quieran, ya que se portan tan bien conmigo. A cambio les doy mi convicción más absoluta de lo que serÃa… —y se contuvo un instante—. Doy, doy y doy… ya lo ve; siga cerca de mà y verá si no es cierto. Pero no puedo escuchar, ni recibir, ni aceptar… no puedo consentir. No puedo hacer un trato, de verdad. Debe usted creerme. Es lo único que he querido decirle, ¿por qué eso iba a estropear nada?
Él dejó sin responder su pregunta… aunque claramente, podrÃa parecer, porque, por una u otra razón, se habÃan estropeado muchas cosas.
—Quiere usted a otro —respondió con buena o mala fe y ella volvió a mover la cabeza. Él lo repitió como si su convencimiento no pudiera ser mayor—. Quiere a otro, quiere a otro…