Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Después Milly se preguntaría si en ese momento no había estado a punto de decir algo enfático y vulgar: «¡Bueno, en cualquier caso no le quiero a usted!». Lo que ocurrió más bien fue que su lástima fue mayor que su irritación: la tristeza, tan vívida para ella, de verlo penosamente desorientado, vagando por un desierto en el que no había alimentos para él, era que su error equivalía a una auténtica maldad. Además estaba tan familiarizada con otra esfera tan distinta de las habilidades de lord Mark que creyó haber cometido una falta de delicadeza al permitirle insistir. ¿Por qué no le había parado los pies al notar sus intenciones? Ahora sólo podía hacerlo con la insinuación que había procurado no hacer.
—¿Sabe?, creo que no está procediendo usted muy bien, y no lo digo porque le esté escuchando. Eso tampoco está bien, aunque no le presto mucha atención. No tendría que haber venido a Venecia para verme… De hecho no ha venido por mí, y no debería actuar como si así fuese. Tiene amigas mucho más antiguas que yo, y también mucho mejores. La verdad es que, si ha venido, sólo puede haber sido apropiada y, si me lo permite, honorablemente, por la mejor amiga que, según creo, tiene usted en el mundo.